viernes, 4 de marzo de 2016

Miradas Inocentes

 La idea de recoger mis pasos en un diario no surgió hasta que las memorias de mi padre llegaron a mis manos. Trataré de relataros mis primeros años tirando de memoria.
Nací y crecí en Pueblo Primavera, al igual que mi padre. Un pequeño pueblo, bastante tradicionalista, al este de Johto, a pocos kilómetros de la ficticia frontera con Kanto.
Como en todos los pueblos, las viejas costumbres estaban muy arraigadas; se veneraba a los cazadores y entrenadores y el sueño de todo niño era convertirse en uno de ellos. Soñábamos con cumplir diez años y marcharnos de casa, dejando nuestros tempranos estudios, nuestra infancia y a nuestra familia para ser coleccionistas de animales salvajes y someterlos. Benditas sean las tradiciones.

En aquellos primeros años de mi vida, viví en una casa grande que mis padres compraron con el dinero amansado durante su periplo, cerca de la casa de mi abuela, donde mi padre nació. Los recuerdos de aquella casa me provocan una sonrisa en cualquier instante: era mi castillo de juegos, donde jugaba a los samurais, a los astronautas... y donde grandes y fuertes bestias se convertían en mis compañeros de juegos y se sometían a mis infantiles humillaciones: pintar con ceras a Gólem, montar a caballo sobre Houndoom, darle comida de plastilina a Feraligatr, disfrazar a Dolly, la Ampharos de mi padre... pero sobre todo recuerdo a Baldo, el Typhlosion, el primer amigo de mi padre, el mejor amigo de los dos. Aquellos animales, capaces de descuartizarme de una simple caricia, se volvían mansos y se convertían en juguetes delante de un niño, en un ejemplar acto de la nobleza de estos seres.

Cerca de casa se encontraba el terreno del profesor Elm. Este hombre era el encargado de tutelar a los niños que emprendían su viaje, así como uno de los investigadores más importantes, financiado por el estado. Con frecuencia íbamos a su extenso terreno, donde se custodiaban las capturas de mi padre, como las de otros entrenadores, y, en ocasiones, podíamos verlas correr en libertad. La visión las manadas de estos poderosos animales libres y desatados fue uno de los detonantes para que se forjara mi sueño e iniciará mi camino; su recuerdo aún hace que se me acelere el corazón y me embriagué la pasión.
Recuerdo a Elm como a un hombre distraído, torpe y ligeramente tímido, a pesar de su edad y su posición; podría tratarse de un símbolo de humildad, pues, al conocerlo en profundidad, descubrí que era una persona muy cercana. Cuando hablaba con mis padres era incapaz de atender a lo que decía, solo podía imaginármelo unos años después entregándome un cyndaquil, al igual que hizo con mi padre. Pero ese día nunca llegó.

Mi casa fue juegos, diversión y mucho amor por parte de mis padres pero, no todo fueron sonrisas. Pese a que disfrutábamos de una holgada situación económica, el dinero se acababa y mis padres tenían que trabajar, como todo hijo de vecino; bueno, más bien, mi madre. Mi padre no tenía estudios, ni conocimiento de ningún oficio, lo único que sabía hacer era cazar y combatir; así que él se encargaba de las tareas de la casa. Mi madre, en su infancia, también comenzó su aventura como entrenadora pero, la abandonó rápidamente para retomar sus estudios, que terminaron llevándola a estudiar filología y traducción en la universidad. Era de Ciudad Verde, en Kanto, a donde viajábamos con frecuencia; al trasladarse a otro país y a un pueblo, como lo es Pueblo Primavera, no pudo encontrar otro trabajo que el de traductora para la administración, cosa que no se acercaba a sus sueños. En aquel tiempo no lo entendía bien pero, a día de hoy, puedo comprender que sentía cierta envidia hacia mi padre, al ver como todo para él era fama y ella solo tenía un sueño frustrado de entrenadora, un trabajo alienante y la presión de ser la única fuente de ingresos del hogar.
En casa mi padre no paraba de recibir llamadas que lo ponían de muy mal humor. Conversaciones, a veces entre gritos, que yo no entendía. Hablaban de congresos, de distintos países, como Hoenn, Sinnoh... y mencionaba constantemente los nombres de Helio y Magno.
Aquella situación creciente de crispación se vio culminada con la muerte de mi abuela, poco después de que yo cumpliera los 8 años. Lloré pero, no comprendía bien aquello de la muerte; sabía que la abuela ya no estaba pero, de algún modo, pensaba que en algún momento regresaría.
Las discusiones llegaron a casa y la diversión se transformó en miedo, escondido tras las columnas. Para más inri, la muerte de mi abuela propició que mi abuelo, divorciado de ella muchos años atrás, volviese a casa, sacando lo peor de mi padre, haciéndole insultar constantemente, golpear paredes, lanzar el teléfono por los aires... En aquellos meses aprendí mis primeros insultos.

Pero, una llamada de mi tía, hermana de mi madre, supuso un punto de inflexión. Hacía años que vivía en Hoenn, trabajando como diseñadora y codeándose con la jet set. En aquellos círculos pareció haber encontrado la solución a la situación de estanque que vivían mis padres:
Un gimnasio en Hoenn quedaba vacante. El líder de ciudad Petalia había fallecido y ninguno de sus ayudantes superó las pruebas para ocupar su puesto. No había nadie mejor para el puesto que mi padre, con 16 medallas, campeón de primer año y título de maestro, y mi madre deseaba darle una patada a su actual puesto.

La felicidad parecía volver a buscar a mis padres. Yo solo pensaba en que mi cita con Elm y mi Cyndaquil se desvanecía.

jueves, 25 de febrero de 2016

Me llamo Tunk Silver Jr. y os voy a contar una historia de sangre y miseria

Lo que aquí os voy a contar es una historia de sangre, miseria, muerte y decadencia humana, una historia de cuán ruin puede llegar nuestra especie y del sometimiento de esta hacia resto.
Mi nombre es Tunk Silver Jr., nº ID: 47197, hijo de Tunk Silver Sr, toda una leyenda en la materia que nos compete. A diferencia con mi padre, cuyo honor nunca fue cuestionado, yo he sido odiado y criticado por muchos; y admirado y respetado por unos menos.
Durante más de 20 años me he dedicado a la caza y el entrenamiento de más de 200 especies distintas, he recorrido más de medio mundo, conociendo los entresijos de cada país que visitaba, viviendo aventuras, jugándome la vida y formando parte de sus leyendas, haciéndolas reales. Allá donde he ido, he obtenido todas las medallas que me he propuesto, he participado en prestigiosas competiciones, ganando buena parte de ellas.
Todo este currículum no sirvió para ganarme el respeto de la opinión pública durante buena parte de mi carrera. Los tertulianos de los mass media, los haters de internet... se dedicaron a empañar mi nombre con continuas comparaciones con mi familia, menospreciando mi esfuerzo, diciendo que no sería nadie en el caso de proceder de otra familia.
Pero, paradójicamente, fue al comenzar a ganarme el respeto de todos, cuando comencé a perdérmelo yo mismo.
Vivimos en una sociedad detestable, que mantiene como tradición heroica que un niño de 10 ó 15 años abandone su hogar para convertirse en un cazador furtivo que lanza a sus presas a corrales de pelea para obtener gloria. Admiramos a gañanes analfabetos que lo único que son capaces de crear es sufrimiento en estas criaturas y alardear de su colección.
Toda nuestra cultura y avances giran en torno a este despreciable arte. Cuando aún empleábamos sanguijuelas como método revolucionario de medicina, cuando una diarrea o beber agua te podía matar y lavarse el culo no era costumbre, aprendimos, no sé como, encerrar a estas criaturas en bolas que cabían en una mano. Todo lo explicaron gracias al mágico fruto de la bonguri.
A día de hoy hemos aprendido a teletransportar animales metidos en esas dichosas bolas, mientras la gente sigue muriendo de hambre y no tenemos ni idea de como curar un cáncer.
Convertimos a los animales en armas, en un circo, en mercancías. Los empleamos para el ocio o para la guerra. Conquistamos el mundo exportando esta cultura a los pocos rincones que aún son inocentes. Y, a pesar de todas las disidencias que llegan a surgir, el monstruo no para de crecer.

Ante este cruel panorama, no es de extrañar que mi carrera, al igual que la de mi padre, esté marcada por el dolor y la muerte. La de mi padre tuvo un punto de inflexión al cruzarse con un moribundo; a la mía, el pistoletazo de salida se lo dio la muerte.
Durante toda mi camino he escrito en un diario los actos viles que he cometido, mis momentos de flaqueza y mis miserias, mientras pensaba que era un héroe, de un modo similar al que hizo mi padre.


A día de hoy, en algún lugar de Kalos, a punto de enfrentarme a uno de los episodios más duros de mi vida, envío mi diario, junto a las breves memorias que escribió mi padre, a mi buen amigo Toji, que ha sido mi brújula durante todo mi periplo, para que las publique. Tal vez las leáis como las biografías de unos héroes; para mí, son las memorias de un héroe que escogió un camino equivocado y el diario de un sinvergüenza que continuó ese camino, aún sabiendo que estaba errado.