La idea de recoger mis
pasos en un diario no surgió hasta que las memorias de mi padre
llegaron a mis manos. Trataré de relataros mis primeros años
tirando de memoria.
Nací y crecí en Pueblo
Primavera, al igual que mi padre. Un pequeño pueblo, bastante
tradicionalista, al este de Johto, a pocos kilómetros de la ficticia
frontera con Kanto.
Como en todos los pueblos,
las viejas costumbres estaban muy arraigadas; se veneraba a los
cazadores y entrenadores y el sueño de todo niño era convertirse en
uno de ellos. Soñábamos con cumplir diez años y marcharnos de
casa, dejando nuestros tempranos estudios, nuestra infancia y a
nuestra familia para ser coleccionistas de animales salvajes y
someterlos. Benditas sean las tradiciones.
En aquellos primeros años
de mi vida, viví en una casa grande que mis padres compraron con el
dinero amansado durante su periplo, cerca de la casa de mi abuela,
donde mi padre nació. Los recuerdos de aquella casa me provocan una
sonrisa en cualquier instante: era mi castillo de juegos, donde
jugaba a los samurais, a los astronautas... y donde grandes y
fuertes bestias se convertían en mis compañeros de juegos y se
sometían a mis infantiles humillaciones: pintar con ceras a Gólem,
montar a caballo sobre Houndoom, darle comida de plastilina a
Feraligatr, disfrazar a Dolly, la Ampharos de mi padre... pero sobre
todo recuerdo a Baldo, el Typhlosion, el primer amigo de mi padre, el
mejor amigo de los dos. Aquellos animales, capaces de descuartizarme
de una simple caricia, se volvían mansos y se convertían en
juguetes delante de un niño, en un ejemplar acto de la nobleza de
estos seres.
Cerca de casa se
encontraba el terreno del profesor Elm. Este hombre era el encargado
de tutelar a los niños que emprendían su viaje, así como uno de
los investigadores más importantes, financiado por el estado. Con
frecuencia íbamos a su extenso terreno, donde se custodiaban las
capturas de mi padre, como las de otros entrenadores, y, en
ocasiones, podíamos verlas correr en libertad. La visión las
manadas de estos poderosos animales libres y desatados fue uno de los
detonantes para que se forjara mi sueño e iniciará mi camino; su
recuerdo aún hace que se me acelere el corazón y me embriagué la
pasión.
Recuerdo a Elm como a un
hombre distraído, torpe y ligeramente tímido, a pesar de su edad y
su posición; podría tratarse de un símbolo de humildad, pues, al
conocerlo en profundidad, descubrí que era una persona muy cercana.
Cuando hablaba con mis padres era incapaz de atender a lo que decía,
solo podía imaginármelo unos años después entregándome un
cyndaquil, al igual que hizo con mi padre. Pero ese día nunca llegó.
Mi casa fue juegos,
diversión y mucho amor por parte de mis padres pero, no todo fueron
sonrisas. Pese a que disfrutábamos de una holgada situación
económica, el dinero se acababa y mis padres tenían que trabajar,
como todo hijo de vecino; bueno, más bien, mi madre. Mi padre no
tenía estudios, ni conocimiento de ningún oficio, lo único que
sabía hacer era cazar y combatir; así que él se encargaba de las
tareas de la casa. Mi madre, en su infancia, también comenzó su
aventura como entrenadora pero, la abandonó rápidamente para
retomar sus estudios, que terminaron llevándola a estudiar filología
y traducción en la universidad. Era de Ciudad Verde, en Kanto, a
donde viajábamos con frecuencia; al trasladarse a otro país y a un
pueblo, como lo es Pueblo Primavera, no pudo encontrar otro trabajo
que el de traductora para la administración, cosa que no se acercaba
a sus sueños. En aquel tiempo no lo entendía bien pero, a día de
hoy, puedo comprender que sentía cierta envidia hacia mi padre, al
ver como todo para él era fama y ella solo tenía un sueño
frustrado de entrenadora, un trabajo alienante y la presión de ser
la única fuente de ingresos del hogar.
En casa mi padre no
paraba de recibir llamadas que lo ponían de muy mal humor.
Conversaciones, a veces entre gritos, que yo no entendía. Hablaban
de congresos, de distintos países, como Hoenn, Sinnoh... y
mencionaba constantemente los nombres de Helio y Magno.
Aquella situación
creciente de crispación se vio culminada con la muerte de mi abuela,
poco después de que yo cumpliera los 8 años. Lloré pero, no
comprendía bien aquello de la muerte; sabía que la abuela ya no
estaba pero, de algún modo, pensaba que en algún momento
regresaría.
Las discusiones llegaron
a casa y la diversión se transformó en miedo, escondido tras las
columnas. Para más inri, la muerte de mi abuela propició que mi
abuelo, divorciado de ella muchos años atrás, volviese a casa,
sacando lo peor de mi padre, haciéndole insultar constantemente,
golpear paredes, lanzar el teléfono por los aires... En aquellos
meses aprendí mis primeros insultos.
Pero, una llamada de mi
tía, hermana de mi madre, supuso un punto de inflexión. Hacía años
que vivía en Hoenn, trabajando como diseñadora y codeándose con la
jet set. En aquellos círculos pareció haber encontrado la solución
a la situación de estanque que vivían mis padres:
Un gimnasio en Hoenn
quedaba vacante. El líder de ciudad Petalia había fallecido y
ninguno de sus ayudantes superó las pruebas para ocupar su puesto.
No había nadie mejor para el puesto que mi padre, con 16 medallas,
campeón de primer año y título de maestro, y mi madre deseaba
darle una patada a su actual puesto.
La felicidad parecía
volver a buscar a mis padres. Yo solo pensaba en que mi cita con Elm
y mi Cyndaquil se desvanecía.